Hoy (ayer ya, a estas horas) se cumplía el 77 aniversario de la instauración de la segunda república en España.
Muchos sacan su bandera tricolor en un día como éste, entre cánticos y pidiendo la restauración del honor de aquellos que yacen en fosas comunes o en una triste tumba cavada por el propio ajusticiado en algún lugar del monte, como ocurrió a varios miembros de mi familia. Craso error, pues no se le puede dar a alguien algo que ya posee, ni es más honorable un muerto por hallarse entre raso y claveles que alimentando a las alimañas del bosque.
Asistimos aun a un panorama político anquilosado en el pasado, que por una parte no olvida la grandeza del imperio fascista y por la otra proclama a los cuatro vientos el miedo a la derechona, que tanto daño hizo en el pasado. Me avergüenza presenciar tal panorama. Avergüenzan a todos aquellos que cayeron en el pasado y les niegan el honor que tanto pregonan.

Lo mismo da si la celebración es por la segunda república o el fallecimiento del caudillo. Lo mismo dan el color y las formas. Los fantasmas del pasado siempre están en su boca siete décadas después, en lugar de alzar la mirada de una vez y mirar al horizonte. Siento vergüenza.
Quizás en este día convendría hacerles llegar las palabras de un tio-abuelo mío, superviviente de la barbarie acontecida con la caída de la república y a quien guardo un gran respeto por las sabias enseñanzas que me regaló cuando aun vivía.
Me contaba cómo en cierta ocasión él y mi abuelo cayeron en manos de la falange y se salvaron por los pelos, debido a la intercesión de nosequé alto mando, cuando se hallaban en la tremenda tesitura de cavar su propia tumba. Yo, tierno infante, me enervaba en ocasiones y le preguntaba si no le gustaría matar a aquellos hombres por haber matado a sus compañeros; Me espetó unas sabias palabras que me dieron que pensar y que encierran un mensaje que espero algún día cale en nuestros políticos:
“Los muertos déjalos para los gusanos, preocúpate por los vivos.”
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